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Roberto Bissio

"Consenso Negativo" en la Cumbre de la ONU por la Crisis Financiera y Económica Mundial.


por Roberto Bissio

28 de junio de 2009

La conferencia de las Naciones Unidas sobre la crisis financiera y económica reclamará un papel para la organización mundial en la coordinación de la economía y las finanzas globales, pero no aprobará explícitamente la idea de un Consejo de Seguridad Económico (también llamado Consejo de Coordinación Económica).

Este miércoles, en la apertura de la cumbre, se anunció que existe consenso para aprobar formalmente el viernes una declaración cuyo texto venía siendo negociado desde hacía varias semanas. La última versión de este documento fue entregada el lunes al sacerdote Miguel D’Escoto, presidente de la Asamblea General, por los embajadores Frank Majoor, de Holanda, y Camillo Gonsalves, de San Vicente, que copresidieron el proceso negociador.

En catorce páginas, la declaración final de la conferencia sintetiza el consenso mundial sobre la crisis en términos inusitadamente francos y, utilizando un lenguaje poco común en este tipo de documentos, habla de “un funcionamiento inadecuado de la economía global”, caracterizado por “fragilidades sistémicas y desequilibrios”, “excesiva confianza en la capacidad de los mercados de autorregularse”, “insuficiente énfasis en un desarrollo humano equitativo” y “comportamiento irresponsable” de los agentes económicos.

La negociación del documento fue particularmente difícil y se desarrolló en un clima políticamente muy tenso. El New York Times, el Financial Times y el Times de Londres publicaron artículos contra D’Escoto, acusándolo de “ex sandinista” (“Yo soy sandinista, no ex sandinista”, respondió), de nepotismo, de obedecer órdenes de Cuba y Venezuela, y de violar los procedimientos diplomáticos habituales.

Mientras que la atención pública se concentraba en la personalidad y opiniones polémicas de este sacerdote nicaragüense nacido y educado en Estados Unidos, los embajadores Majoor y Gonsalves trataban de encontrar fórmulas de equilibrio. Las reuniones continuaron todo el fin de semana hasta altas horas de la madrugada. “Nunca pensé que pasaría tantas noches con otro hombre”, comentó Gonsalves desde la presidencia del plenario al presentar el texto y, aprovechando la hilaridad, Majoor dijo: “Tienen la palabra los que quieran elogiar el documento”.

Después de un largo minuto de espera sin que nadie pidiera para hablar sobre la propuesta, a favor o en contra, Majoor concluyó: “Si no hay oposición el texto está aprobado”. Y golpeó el martillo, cerrando las negociaciones previas a la conferencia al mediodía del lunes.

Si perdura este “consenso negativo” que nadie apoyó explícitamente pero contra el cual no se levantó ninguna voz, las Naciones Unidas crearán un grupo de trabajo sobre la crisis, asistido por un panel de expertos formado por académicos, empresariosy represe ntantes de organizaciones sociales y sindicales. Entre los temas sobre los cuales el documento resuelve tomar medidas en los próximos meses figuran el fortalecimiento del Comité de las Naciones Unidas sobre impuestos (para evitar la evasión fiscal) y la reforma del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La conferencia apoya la idea de un nuevo sistema de reservas internacionales en el cual el dólar sea sustituido por los derechos especiales de giro (DEG), y reclama la emisión de esta moneda internacional por parte del FMI para otorgar préstamos sin condicionalidades a los países en desarrollo afectados por la crisis.

En uno de los párrafos más resistidos por Estados Unidos, el documento reconoce que las “disciplinas y compromisos” establecidos por los acuerdos de libre comercio y de inversión “presentan desafíos para muchos países en desarrollo a la hora de diseñar políticas para enfrentar la crisis”. Se constata que estos países reclaman “mayor flexibilidad” en estas disciplinas en tiempos de crisis, pero no se identifica cómo lograrlo. En cambio, sí se reconoce que cuando los países enfrentan caídas de sus reservas debido a la crisis “no se les debería negar el derecho de usar medidas legítimas de defensa de su comercio” y, como último recurso, imponer “restricciones temporarias al movimiento de capitales” e incluso moratorias a los pagos de la deuda externa.

Los países, se enfatiza, “deben tener la flexibilidad necesaria para imponer medidas contracíclicas como respuesta a la crisis y, por lo tanto, se exhorta al FMI a que reduzca sus condicionalidades. Nunca antes se había dado, desde la Asamblea General de las Naciones Unidas, instrucciones tan detalladas al FMI y al Banco Mundial, incluyendo que se termine con la tradición de que un europeo presida el primero y un estadounidense el segundo, para dar paso a un sistema “transparente y basado en méritos” para la elección de los ejecutivos de esas instituciones, sin excluir a ninguna región ni género.

Pero en lo que no se logró consenso fue en impulsar un mecanismo de solución al tema del endeudamiento que ponga en manos de un arbitraje imparcial -no de los propios acreedores- la capacidad de decidir cuándo está justificado un atraso en los pagos, default o moratoria y, por lo tanto, los acreedores deban conformarse con “repartir la carga” (o sea, recibir menos del valor nominal). Donde en los documentos previos presentados por los países en desarrollo se pedía un sistema de arbitraje para la deuda, el documento de consenso dice crípticamente: “Exploraremos la necesidad y viabilidad de un marco más estructurado para la cooperación internacional en esta área“. O sea, no se cierra completamente la puerta pero queda un largo camino por recorrer.

Del mismo modo, no se nombra al Consejo Económico, pero donde estaba esa mención quedó un compromiso de “fortalecer el papel de las Naciones Unidas y sus Estados miembros en asuntos económicos y financieros, incluyendo su rol coordinador”.

Este documento, que se aprobará el viernes, dependía de un delicado equilibrio entre frustraciones y expectativas. Si un país o grupo de países solicita reabrir la discusión para sacar o poner algo, los otros grupos amenazan con introducir sus propias modificaciones y la conferencia podía estancarse y concluir sin acuerdo.

¿Hay algún país dispuesto a quedar señalado como culpable del fracaso de meses de esfuerzo?, preguntamos apenas terminada la sesión previa.

“Podría haber dos, y no sólo uno”, respondió un diplomático latinoamericano. Y estos dos son Cuba y Estados Unidos. El primero porque el consenso reflejado en el documento no es claramente anticapitalista, el segundo porque ese mismo consenso pone fin al tipo de capitalismo que tuvo el mundo desde que en 1971 el presidente Richard Nixon acabó con la convertibilidad del dólar en oro y se autoadjudicó así la posibilidad de imprimir a gusto la moneda de reserva internacional. Un privilegio -y una responsabilidad- que está llegando a su fin.

* El autor de este reporte , Roberto Bissio, es Coordinador de la Red Social Watch


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